sábado, 20 de octubre de 2012

EL NACIMIENTO DE JESÚS

Por: Gregory Bardales Pereyra

Jesús nació en Belén, todo buen cristiano sabe eso. Pero el niño de este cuento es otro, aunque da la casualidad que su nombre es también Jesús, aunque Jesús Tapullima, y que también ha nacido en Belén, aunque éste sea otro Belén, uno sembrado en el corazón de la baja selva peruana.

Su abuela, doña Juana Maytahuari había llevado a la partera de la familia para que lo traiga al mundo. –Qué médico ni qué médico –pensaba doña Juana, recordando la última discusión que logró ganarle a su hija en días previos–. Más confianza le tengo a la Shamuca –se repetía en un diálogo monótono consigo misma, como si las decisiones tomadas pudieran ser mejores decisiones con sólo repetir nuestras razones una y otra vez–.

En una época en la cual todo el mundo piensa que lo mejor es dar a luz en un centro hospitalario y tener un médico monitoreando el alumbramiento, no le había costado mucho trabajo a doña Juana hacer valer su particular punto de vista, ni siquiera contra su yerno, quien alardeaba entre sus amigos de ser el que mandaba en casa, y efectivamente así era, mientras doña Juana se encontrara ausente.

Ni siquiera Venancio –que así se llamaba el papá de Jesús, Venancio y no José como podría haber sido–, fue capaz de defender las ventajas de la ciencia médica frente a los usos de la tradición, todavía peor, no le quedó otra que replegarse y bajar la cabeza ante la embestida de la suegra: –¿Vas a permitir que la manoseen a tu mujer? – gritó indignada, empujando con el índice la frente del hombre que hacía meses era el conviviente de su hija–.

No necesitamos decir más sobre el carácter de esta abuela primeriza, que ya podemos hacernos una idea cabal de la relevancia que tienen sus palabras al interior del seno familiar.

Venancio supo que el trabajo de parto había comenzado cuando escuchó los gritos de Carmen –porque así se llamaba la madre de Jesús, Carmen y no María como quizás podría haber sido–. ¡Puja! –le ordenaba la partera, en cuclillas al pie de la cama, como si estuviese parodiando a los atrapadores de pelota del béisbol.

La madre de Jesús nunca había conocido un dolor semejante, pero era valiente, como deberían serlo todas las mujeres que van a traer un niño al mundo. Se imaginaba a sí misma vestida como soldado, luchando en el frente de batalla, dispuesta a entregar la vida de ser necesario.

Fue entonces cuando recordó una frase que había aprendido en el colegio y que iba a repetir incansablemente para darse fuerza: “hasta quemar el último cartucho”; lo que no recordaba muy bien era el nombre del héroe nacional que la usó por primera vez, pero eso era lo de menos, la frase le había servido para resistir los segundos que ametrallaban su cuerpo como en un pelotón de fusilamiento.

Conforme transcurría el tiempo, a Carmen le iban quedando menos cartuchos para quemar y la preocupación iba deformando la cara de la Shamuca, que ya de por sí nunca había tenido buena forma. A pesar de ser una partera muy experimentada no disimulaba su nerviosismo, incluso no se hubiera sabido a ciencia cierta quien sudaba más, si la parturienta o la comadrona.

La Shamuca estaba en aprietos. Por un minuto, Doña Juana Maytahuari pensó en abdicar a su orgullo y traer de urgencia un médico, pero no fue necesario, el niño se resbaló entre las piernas de su madre mientras ella exhalaba un eterno suspiro.

–Es el niño Diosito –decía la Shamuca, mientras limpiaba la sangre y las flemas que todavía cubrían al recién nacido, aunque ciertamente aquellos líquidos corporales no disimulaban bien el tono azul que había cobrado su piel de tanto esperar.

Con el alma otra vez en el cuerpo, doña Juana trajo una toalla limpia para envolver a Jesús Tapullima –que aunque todavía no le han asignado un nombre será ése el que usará hasta que se muera–. Luego de entregárselo a su madre, la Shamuca propuso elevar unas plegarias al Supremo Hacedor –que bastante las había ayudado aquella madrugada–. Con el niño en sus brazos, Carmen se moría y resucitaba un millón de veces.

El papá de Jesús estaba en la vereda bebiendo cerveza cuando escuchó el llanto del niño. Se puso un cigarrillo en los labios y le dio una pitada rápida para luego esconderlo en bien de la integridad de sus amigos que se acercaban a felicitarlo.

Bien sabido es que la capacidad de hacerle un hijo a una mujer es prueba inobjetable de la virilidad de cualquier varón; así que, como se puede adivinar, cada abrazo que Venancio recibe es como un soplo de aire que infla el globo de su ego, pero no nos preocupemos demasiado, que la humildad siempre tiene un alfiler reservado para casos extremos.

Que este niño haya nacido el 25 de diciembre ya le va dando derecho al nombre que llevará después (que demás está decir todo buen cristiano lo llevaría con orgullo), pero, además, van a ser también el niño y su nombre los que luego le darán a la familia el legítimo derecho al reconocimiento de sus vecinos.

Dios les había bendecido la noche de Navidad con el milagro de la vida, pero aún más, la fecha les hacía suponer que por lo menos una parte de Dios se había derramado del Cielo en la forma de un pequeño, precisamente en la casa de una familia que de especial no tenía nada, hasta ahora. Doña Juana Maytahuari no recordaba un momento más feliz en toda la historia familiar que ella conocía bien.

Quién pudo haber siquiera imaginado que algo así pasaría. La historia no se repite: puede existir más de un lugar que se llame Belén y más de un niño que se llame Jesús y seguramente que han existido y van a existir muchas Navidades pero que se junten dos veces en momentos distintos un Belén, un Jesús y un 25 de diciembre, no puede ser simple casualidad, tiene que ser un signo de buen augurio, un buen motivo para ser dichoso.

Quienes ahora están celebrando no lo saben, pero el otro Jesús, el más famoso, no nació el 25 de diciembre como afirma la tradición y lo más probable es que tampoco haya nacido en el otro Belén como defiende la mayoría, sino en un pueblo galileo llamado Nazareth; sin embargo, el lector debe quedarse tranquilo, pues, por lo menos en lo que respecta a esta historia, nadie va a tener corazón para arruinarle el momento a esta humilde familia, que por cierto, lo tienen muy merecido por donde se le mire.

LA NAVIDAD EN LA CUAL PAPA NOEL SE ENFERMO

La novedad salió en todos los periódicos: Papá Noel estaba muy enfermo y no podría cumplir con su acostumbrado trabajo la noche de Navidad. Y no era que Papá Noel no hubiera estado enfermo otras veces y que gozara de una salud inquebrantable, como algunos ingenuos analistas afirmaban, dada su robustez hartamente conocida; todo lo contrario: nuestro amigo no sólo era rollizo sino que también era enfermizo.

En efecto, como se advierte en su historia clínica, más de una dolencia azotó su cuerpo a lo largo de su generosa vida: no fue inmune a los resfriados, peleó verdaderos combates épicos contra los uñeros y se le habían practicado múltiples operaciones en las muelas; no obstante, eran otras las enfermedades que habían tomado su cuerpo por casa.

Los más avisados sabrán deducir, a juzgar por su prominente abdomen, que el tipo de males que lo zarandeaban eran producto de sus malos hábitos alimenticios. Su digestión era pésima y sufría de gastritis crónica; además, tenía un serio problema cardíaco debido al colesterol en sus arterias.

Fue por suerte, gracias al destino o porque así lo quiso la Providencia que dio siempre la casualidad que estos achaques, o lo visitaban en otras fechas o en el peor de los casos, si coincidían con la noche de Navidad, siempre resultaron ser tan nimios como para otorgarles alguna importancia; sin embargo, esta vez era diferente. Hoy, justamente en la noche de Navidad, Papá Noel tenía una gastroenterocolitis aguda ocasionada por haber comido alimentos contaminados y debía guardar cama según prescripción médica.

Nadie en su sano juicio desobedecería tal orden, pero la cordura no era precisamente una de las virtudes de este anciano, qué podríamos esperar de quien domestica renos, conduce trineos voladores hasta altas horas de la madrugada, desciende por chimeneas y visita las casas de todos los niños del mundo en una sola noche.

Ciertamente los dolores abdominales, aunque amainados por los medicamentos, seguían siendo intensos pero sus canas le decían que la tristeza de todos los niños del mundo le iba a resultar más pesada que el costal de juguetes.

Verdad era que la fiebre no bajaba y lo torturaba con sus amagues, haciendo como que se estuviera yendo para luego regresar más furibunda que antes, pero todo el calor interno que ahora sentía no era nada comparado con el desastre que significaría una Navidad sin Papá Noel, la cual seguramente sería catalogada por las futuras generaciones como la más grande tragedia en la historia de la humanidad; es más –luego de medirse la temperatura–, pensó que ni siquiera podría compararse con las terribles consecuencias del calentamiento global.

Y no era para menos, esta Navidad nadie recibiría regalos y una Navidad sin regalos ya no podía ser Navidad. Papá Noel, por supuesto, no podía hacerse de la vista gorda, estaba en juego la felicidad de los niños, así que decidió vestir su traje característico y cumplir con su deber a toda costa.

Como por arte de magia, los dolores comenzaron a replegarse y la fiebre a ceder, sólo faltaba solucionar un pequeño detalle, de lo más incómodo que ha experimentado el ser humano desde que se supo que no teníamos el control absoluto de nuestro cuerpo: la diarrea.

Salir de casa con el estómago suelto era un claro desafío al temperamento de sus necesidades fisiológicas, que en estos casos se volvían más necesarias que nunca y podían fácilmente adquirir el poderío que desata la madre naturaleza en los huaycos y en los tsunamis.

Antes de levantar el vuelo, Papá Noel debía equipar su trineo con suficiente papel higiénico para administrar con responsabilidad sus probables infortunios; debía recordar no hacer demasiado esfuerzo ni exagerar la nota al momento del jo, jo, jo; además, tenía que contar con que las familias a visitar fueran tan hospitalarias como para que tácitamente pudiera usar sus baños sin necesidad de pedirles permiso, total, si alguna deferencia podríamos tener con Papá Noel, sería por lo menos permitirle usar el baño, más aún sabiendo que nuestro célebre huésped tiene problemas serios para controlar sus célebres evacuaciones.

Desde luego, con todas estas precauciones y conociendo la valentía de nuestro rechoncho amigo, no hay razón para temer, este año como todos los años habrá Navidad y los niños del mundo recibirán sus regalos en fecha y hora convenidas; aunque, claro, es probable que exista por ahí algún niño que esta Navidad no reciba ningún obsequio, no lo vamos a negar, pero seamos benévolos con el viejo, tal vez le faltó el papel higiénico y justo aquella casa no tenía ni baño, ni papel.

LA BICICLETA DE VÍCTOR


"LA BICICLETA DE VICTOR" ES UN CUENTO SOBRE LAS RUTAS DEL DESEO, SIEMPRE INCIERTAS Y SOBRE OBJETO DEL DESEO, SIEMPRE  ESQUIVO. INCLUIDO EN EL LIBRO DE CUENTOS Y POEMAS: "OBSEQUIOS A TÁNTALO".



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