sábado, 20 de octubre de 2012

LA NAVIDAD EN LA CUAL PAPA NOEL SE ENFERMO

La novedad salió en todos los periódicos: Papá Noel estaba muy enfermo y no podría cumplir con su acostumbrado trabajo la noche de Navidad. Y no era que Papá Noel no hubiera estado enfermo otras veces y que gozara de una salud inquebrantable, como algunos ingenuos analistas afirmaban, dada su robustez hartamente conocida; todo lo contrario: nuestro amigo no sólo era rollizo sino que también era enfermizo.

En efecto, como se advierte en su historia clínica, más de una dolencia azotó su cuerpo a lo largo de su generosa vida: no fue inmune a los resfriados, peleó verdaderos combates épicos contra los uñeros y se le habían practicado múltiples operaciones en las muelas; no obstante, eran otras las enfermedades que habían tomado su cuerpo por casa.

Los más avisados sabrán deducir, a juzgar por su prominente abdomen, que el tipo de males que lo zarandeaban eran producto de sus malos hábitos alimenticios. Su digestión era pésima y sufría de gastritis crónica; además, tenía un serio problema cardíaco debido al colesterol en sus arterias.

Fue por suerte, gracias al destino o porque así lo quiso la Providencia que dio siempre la casualidad que estos achaques, o lo visitaban en otras fechas o en el peor de los casos, si coincidían con la noche de Navidad, siempre resultaron ser tan nimios como para otorgarles alguna importancia; sin embargo, esta vez era diferente. Hoy, justamente en la noche de Navidad, Papá Noel tenía una gastroenterocolitis aguda ocasionada por haber comido alimentos contaminados y debía guardar cama según prescripción médica.

Nadie en su sano juicio desobedecería tal orden, pero la cordura no era precisamente una de las virtudes de este anciano, qué podríamos esperar de quien domestica renos, conduce trineos voladores hasta altas horas de la madrugada, desciende por chimeneas y visita las casas de todos los niños del mundo en una sola noche.

Ciertamente los dolores abdominales, aunque amainados por los medicamentos, seguían siendo intensos pero sus canas le decían que la tristeza de todos los niños del mundo le iba a resultar más pesada que el costal de juguetes.

Verdad era que la fiebre no bajaba y lo torturaba con sus amagues, haciendo como que se estuviera yendo para luego regresar más furibunda que antes, pero todo el calor interno que ahora sentía no era nada comparado con el desastre que significaría una Navidad sin Papá Noel, la cual seguramente sería catalogada por las futuras generaciones como la más grande tragedia en la historia de la humanidad; es más –luego de medirse la temperatura–, pensó que ni siquiera podría compararse con las terribles consecuencias del calentamiento global.

Y no era para menos, esta Navidad nadie recibiría regalos y una Navidad sin regalos ya no podía ser Navidad. Papá Noel, por supuesto, no podía hacerse de la vista gorda, estaba en juego la felicidad de los niños, así que decidió vestir su traje característico y cumplir con su deber a toda costa.

Como por arte de magia, los dolores comenzaron a replegarse y la fiebre a ceder, sólo faltaba solucionar un pequeño detalle, de lo más incómodo que ha experimentado el ser humano desde que se supo que no teníamos el control absoluto de nuestro cuerpo: la diarrea.

Salir de casa con el estómago suelto era un claro desafío al temperamento de sus necesidades fisiológicas, que en estos casos se volvían más necesarias que nunca y podían fácilmente adquirir el poderío que desata la madre naturaleza en los huaycos y en los tsunamis.

Antes de levantar el vuelo, Papá Noel debía equipar su trineo con suficiente papel higiénico para administrar con responsabilidad sus probables infortunios; debía recordar no hacer demasiado esfuerzo ni exagerar la nota al momento del jo, jo, jo; además, tenía que contar con que las familias a visitar fueran tan hospitalarias como para que tácitamente pudiera usar sus baños sin necesidad de pedirles permiso, total, si alguna deferencia podríamos tener con Papá Noel, sería por lo menos permitirle usar el baño, más aún sabiendo que nuestro célebre huésped tiene problemas serios para controlar sus célebres evacuaciones.

Desde luego, con todas estas precauciones y conociendo la valentía de nuestro rechoncho amigo, no hay razón para temer, este año como todos los años habrá Navidad y los niños del mundo recibirán sus regalos en fecha y hora convenidas; aunque, claro, es probable que exista por ahí algún niño que esta Navidad no reciba ningún obsequio, no lo vamos a negar, pero seamos benévolos con el viejo, tal vez le faltó el papel higiénico y justo aquella casa no tenía ni baño, ni papel.

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